sábado, 7 de octubre de 2017

Donde habita la gente auténtica


Mi hermana la Toñi. Una persona auténtica. 

No sé cómo coño lo hizo mi madre. Y digo mi madre, porque fue ella la responsable directa de educarnos a mis hermanas y a mí. Mi padre, de vez en cuando, se quitaba la zapatilla para asustarnos. Pero buah… no le teníamos miedo, aunque él cree que sí. No recuerdo ninguna sala de tortura en mi casa para obligarnos a decir la verdad. No recuerdo ningún discurso ni bronca específica al respecto. Alguna bronca, digo, producida porque nosotras hubiéramos mentido.  Por supuesto (y esto es algo que ocurre mucho en los pueblos) ser una persona honesta era deseable y, ahora que lo pienso, puede que el hecho de no recordar concretamente ese proceso educativo sobre ir en la vida con la verdad por delante se deba a su transversalidad. A que estuvo tan integrado en la educación que recibimos que, quizás, no hiciera falta ningún discurso concreto. El caso es que ni mis hermanas ni yo sabíamos ni sabemos mentir y, cuando lo hacíamos, íbamos llorando a la casa a confesar lo mal que nos sentíamos por lo que habíamos hecho.

-Mamá… -mi hermana llorando… -he hecho algo muy malo ¡¡¡¡ahhhhhhhh!!!!!!!!!
- ¡¡¡¡Qué has hecho por Dios!!!!!! – mi madre…
- ¡¡¡¡¡Que he hecho chuletassssss!!!!!!!!!!
- ¿Eso qué es??? Claro… mi madre se pensaba que la niña había montado una barbacoa en el colegio.

Mi hermana lo confesó a la profesora y a mi madre. Qué mal rato. Como pa mentir…

No quiero ser teórica aquí. No estoy hablando de que la vida es ficción y que en el fondo todo el mundo miente y blablablabla… Hablo de no vivir, de manera intencionada, contando mentiras a la gente que te rodea. Hablo de

martes, 11 de octubre de 2016

Sororamente solas | Huelga de éxitos


Estoy rodeada de éxito. Mis contactos en redes sociales – en su mayoría activistas feministas- también parecen estarlo. Parimos proyectos, publicamos, damos a conocer nuestras nuevas aventuras, hablamos de trabajo, de creatividad, de cursos, de nuevas metodologías, de sororidad, de blogs… Me incluyo. Por supuesto… Joder… ¡qué bien le va a la gente y qué bien me va a mí! ¡Cada plato que sale de mi cocina es una celebración y un akelarre que todo el mundo debería recibir como una iniciativa subversiva, ¡por supuesto! Porque yo todo lo que hago lo hago con perspectiva. Tengo la perspectiva de género metida en el coño. Me sale, así… Desde la espontaneidad… 

Es broma.

Aunque creo que como feministas podríamos ocuparnos más a menudo de romper paredes y de mostrar qué hay detrás de nuestros logros, qué hay detrás de las apariencias, qué hay detrás de nuestras vidas y, en definitiva, arriesgaros a hablar de las partes oscuras y dolorosas que nadie quiere mostrar para desmantelar esa imagen de éxito y sin conflictos internos y externos… Aunque creo que la barrita que separa los términos binomios es la pared que hay que derribar. Aunque crea que esa labor forma parte también de la lucha contra el ideal heteropatriarcal y falso de sociedad que pretende hacernos ver que todo está bien… Aunque realmente creo en esto, no se da. Más bien lo contrario: la ausencia de expresión pública de nuestro dolor, trabas, situaciones económicas en nuestros muros y conversaciones públicas, a mí particularmente me ha hecho sentirme sola y estúpida cuando expongo lo “verdaderamente personal”: aquello que me agobia y me duele. Como como decía Despentes- no es cierto, ni siquiera creo que exista esa imagen de ascendente personal que proyectamos.

Imagen de Pawel Kuczynski


Hace una semanas, muy dolida con el mundo porque soy asquerosamente sensible y todo me afecta… acudí a una amiga para derramar mi rabia y mis ganas de desaparecer. Ella me dijo algo bonito: “a mí me pasa que cuando te leo, se me quita la soledad”. Hablábamos precisamente de escribir sobre nuestras mierdas. De exponerlas… Volví a caer en la palabra “referente” y en lo importante que es para nosotres y ya no en el sentido tradicional que le damos: referentes de personas que tienen éxito al hacer lo que le gusta o que simplemente siguen su camino con mayor o menor autenticidad. Referentes de personas que nos marcan caminos diferentes a los andados. Esos también pero no esos. En esta ocasión, la palabra me resultaba tremendamente importante desde otro punto de vista: referentes para sentirnos acompañadas en nuestras mierdas, para abrazarnos desde la lejanía, para no sentirnos tan raras ni nos den ganas de –a veces- desaparecer. Referentes de dolores y de lágrimas y de pobreza… Importantes referentes para no sentirnos más bichas raras. Para que no nos sintamos tan sororamente solas. Para decir "oye mira, también le pasa a ella. Vamos a unirnos".

Yo, que tengo 33 años y estoy actualmente desempleada y buscando el camino para dejar de sentirme culpable y disfrutar de ello. Que he enfermado últimamente de estrés y siento el cansancio en cada parte de mi cuerpo, que no sé lo que es no vivir en la precariedad y la inestabilidad o sin llevar doscientas iniciativas a la vez, que he sufrido

lunes, 20 de junio de 2016

El problemón de vivir sin miedo

vivir sin miedo


Tengo un problema. No tengo miedo.

Bueno sí… hay veces en los que lo he tenido pero no he hecho del miedo el eje transversal de mi existencia. Muy a pesar de todo, claro, porque ¿qué ha estado más presente desde los inicios de nuestras televisivas existencias que el miedo? A mí todo, desde luego, todo el mundo se encargaba de recordármelo. Volver a casa sola, hacer tu propia vida, decidir que no quieres más en un sitio, borrar tu existencia de un lugar, decir bye a una persona determinada, querer tener una vida sexual libre y plena…

El miedo es la piedra angular de nuestra socialización de mierda. Criamos a alguien con ese algo bajo el fin, en teoría, de conseguir una pizca de prudencia pero ¿no nos pasamos un poco? 

Una sociedad enferma de miedo; una sociedad que usa el miedo para mantenernos a raya y en la que, por poner un caso, cada violación que alcanza la voz pública es usada en lo cotidiano como ejemplo para que el resto de mujeres aprendamos la lección: la de no salir a la calle porque “¿¿dónde vamos sin miedo por la vida??”… Porque la cuestión cuando una mujer es violada no es qué vamos a hacer para detener esto. La cuestión y lo que ocurre después de aquello es que alguien te suelta “ten cuidado hija, ¡mira lo que le ha pasado a la chiquilla de…”. Y tú sintiéndote rara porque –a pesar de saber lo que le ha pasado a la chiquilla de… - sigues sin tener miedo y sales a la calle con la osadía con la que comúnmente te mueves a los 16 años, con música motera de fondo de chica mala y sintiendo que te estás comiendo el mundo porque eres valiente. Temeraria. Peligrosa. Algo está mal en ti y eso te gusta. Sin miedo... Y ¿es ese un sentimiento erróneo? Sí seguramente cuando llevas una falda corta y te gusta pintarte como una puerta. Para el resto lo es. 

Lo sería, sin duda, un problemón… si algún día te pasa lo que le pasó a Mariquilla. Entonces habrás perdido y todo el mundo habrá ganado. O no… Me pasó "lo de Mariquilla"… Un día, subiendo a las tantas por la calle que me llevaba a mi casa